Por Rodolfo Ramírez
Hoy, 2 de noviembre, al conmemorarse el Día de los Fieles Difuntos, mi corazón se llena de nostalgia, recuerdos y sentimientos encontrados al detenerme a recordar a todos esos seres queridos que, aunque ya no se encuentran físicamente entre nosotros, permanecen vivos en mi memoria, en mis pensamientos y, sobre todo, en lo más profundo de mi corazón.
Es una fecha que nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de la vida, el valor de la familia, la importancia de los afectos y la huella imborrable que dejan aquellas personas con quienes compartimos momentos inolvidables.
Hoy recuerdo con especial cariño a mis familiares, amigos y seres queridos que han partido hacia la eternidad. Cada uno de ellos ocupó un lugar especial en mi vida y dejó enseñanzas, experiencias, anécdotas y recuerdos que el paso del tiempo jamás podrá borrar.
De manera muy especial, mi pensamiento se dirige hacia mi madre, Mercedes Luisa Ramírez, quien desde el cielo continúa ocupando ese lugar privilegiado que solamente una madre puede tener, mi padre, Manuel Batista, mis hermanos, José Manuel Batista Ramírez, Víctor, Amaury, Luisa Antonia, Manuelito , Ramon Antonio, Cesar Augusto, Aura Elena, Ángel Salvador, a así como a tantos familiares y amigos cuya partida dejó vacíos difíciles de llenar.
A todos ellos les profeso el mismo amor, respeto y cariño de siempre. Porque la muerte podrá llevarse la presencia física de quienes amamos, pero jamás tendrá la capacidad de borrar los sentimientos, los momentos compartidos ni las huellas que dejaron en nuestras vidas.
Hoy quisiera tenerlos a todos frente a mí, poder abrazarlos nuevamente, escuchar sus voces, compartir una conversación y decirles cuánto los quiero. Sin embargo, aunque la realidad nos impone su ausencia, me queda el consuelo de haber compartido con ellos y de conservar tantos recuerdos que siguen acompañándome cada día.
Esta conmemoración también nos recuerda que debemos aprender a valorar a quienes todavía tenemos a nuestro lado. No esperemos a perder a un ser querido para expresarle nuestro amor, agradecerle sus sacrificios o reconocer lo importante que es en nuestras vidas.
A quienes hoy visitan los cementerios, llevan flores, encienden velas o elevan una oración por sus difuntos, les recuerdo que el mejor homenaje también consiste en mantener vivo su legado, practicar los valores que nos enseñaron y conservar con orgullo sus buenos recuerdos.
A todos mis seres queridos fallecidos: reciban desde aquí mi abrazo más sincero, mi amor infinito y mi cariño por siempre. No importa cuánto tiempo haya transcurrido desde su partida, ni cuántos kilómetros nos separen de aquellos lugares donde descansan sus restos; siempre tendrán un espacio reservado en mi corazón.
Hoy, mañana y todos los días de mi existencia, vivirán en mis recuerdos.
Porque hay personas que se marchan de este mundo, pero nunca se marchan de nuestras vidas.
¡Descansen en paz, mis queridos seres! Hasta siempre.
Con amor, respeto y eterna gratitud.
Rodolfo Apolinar Ramírez






