
Elías Piña. – Las comunidades rurales de esta empobrecida provincia fronteriza enfrentan una silenciosa pero creciente incursión de ciudadanos haitianos. Aprovechando el abandono de tierras por parte de dominicanos que emigran en busca de mejores oportunidades, cientos de haitianos han comenzado a ocupar terrenos y viviendas en diversas localidades cercanas a la línea divisoria.
Durante años, especialmente en la parte norte del municipio Comendador, se ha registrado un constante éxodo de familias dominicanas motivado por la falta de empleo, servicios básicos y asistencia estatal. Este vacío ha sido llenado progresivamente por ciudadanos haitianos que, huyendo del caos político y económico en su país, cruzan la frontera y se asientan en comunidades como Rinconcito, Sabana Yegua, Sabana Campo y Lamedero.
Una frontera porosa y sin control
En estos sectores, la presencia haitiana ha crecido con rapidez, muchas veces sin control ni regulación. La crisis del vecino país ha disparado una nueva ola migratoria que encuentra en estas zonas rurales una puerta abierta y poco vigilada. Aunque hay presencia militar en la provincia, los residentes aseguran que los controles son insuficientes para detener el flujo migratorio constante.
“Esto se ha convertido en una haitianización silenciosa”, expresó Amado Lorenzo, uno de los pocos agricultores dominicanos que aún vive en Sabana Yegua. “Aquí, casi todas las casas de los que se fueron ya tienen nuevas familias, y no son dominicanas”, agregó.
Cordones de miseria y abandono estatal
Lugares como Lamedero, La Margarita y Pinzón muestran hoy un rostro marcado por la pobreza extrema y la falta de orden territorial. Las nuevas comunidades improvisadas carecen de agua potable, energía eléctrica, escuelas o centros de salud adecuados. La precariedad se ha intensificado, y lo que antes eran pequeños caseríos ahora lucen como cordones de miseria donde impera la informalidad.
La situación no se limita a unos pocos sectores. Comunidades como Macasías, Carrera Verde, El Carrizal, Galindo, Los Corositos y Mingo El Barraco también presentan el mismo fenómeno. En todas ellas, la constante es la misma: abandono gubernamental y un tejido social que se deshilacha lentamente.
El clamor de los que aún resiste
Muchos dominicanos que han optado por quedarse en estas tierras fronterizas lo hacen por arraigo, pero también por resignación. “No tenemos a dónde ir”, afirma una ciudadana en Los Rinconcitos. “Aquí nací, aquí he vivido siempre. Pero cada vez somos menos, y los que llegan no hablan nuestro idioma ni siguen nuestras costumbres”.
La demanda generalizada es clara: más presencia del Estado, desarrollo económico y control fronterizo efectivo. En los seis municipios de la provincia Elías Piña, el mensaje es uno solo: “¡Que no se abandone más la frontera!”
TD: PELLRD