
Opinión. Desde hace un tiempo, la politiquería y la falsedad se han apoderado de la mente y el discurso de ciertos actores políticos. Estos individuos se presentan ante la sociedad como figuras impolutas, adalides de la moral y la honestidad, pero su verdadera esencia dista mucho de la imagen que proyectan.
Se pasean por los medios de comunicación con una retórica cautivadora, capaz de engatusar a cualquiera. ¡Cuidado con estos engañosos charlatanes! Dispersan palabras bonitas, promesas grandilocuentes y discursos elaborados con un único objetivo: llegar al poder. Sin embargo, una vez que logran sus metas, se olvidan de los compromisos contraídos, traicionando a sus seguidores y dejando en evidencia la superficialidad de sus convicciones.
La coherencia brilla por su ausencia en la vida de estos políticos farsantes. Sus acciones rara vez se alinean con sus palabras, y sus principios parecen mutar según las circunstancias y los intereses personales. Esta falta de integridad mina la confianza ciudadana y profundiza la ya existente brecha entre la clase política y el pueblo. El engaño se convierte en su principal herramienta, construyendo castillos de arena que se desmoronan con el primer soplo de la realidad.
Los políticos que nos engañan no solo siembran desconfianza y cosechan el desinterés ciudadano, sino que rompen el contrato social con sus seguidores.
Es fundamental que la ciudadanía desarrolle un ojo crítico y una escucha atenta. Más allá de los discursos pulcros y las sonrisas calculadas, debemos observar las acciones, los antecedentes y la trayectoria de quienes aspiran a representarnos. La verdadera honestidad no se pregona, se demuestra con hechos. No podemos permitir que el arte de la simulación siga carcomiendo los cimientos de nuestra democracia.