
Por: Ing. Rafael A. Sánchez C
MI OPINION:
Con el alma entre letras, la conciencia agitada y una tristeza serena pero profunda, escribo estas líneas como quien ya no puede callar. Nos duele como noción el patrón enfermizo que hemos repetido. Nos duele, sí… nos duele como nación el patrón enfermizo que hemos repetido por generaciones: reconocer a nuestros grandes hombres y mujeres cuando ya no pueden escucharnos.
¿Por qué esperamos la muerte para honrar lo que en vida merecía gloria?
¿Por qué nos cuesta tanto tributar afecto, agradecimiento y respeto cuando aún hay pulso, mirada,
conciencia y voz?
Lo ocurrido recientemente con el inmenso merenguero Rubby Pérez, quien con fuerza renovada y merecida
destronó a Bad Bunny de todas las plataformas musicales, escalando a los primeros lugares desde el corazón
de su pueblo y desde la calidad incuestionable de su arte, nos recuerda otra vez esta deuda: Rubby lo
merecía en vida. Todos lo sabíamos. Todos lo sentimos. Pero solo cuando partió, llegaron los homenajes
nacionales, las palabras bonitas, los especiales de televisión, las flores tardías.
Y así ha sido con otros íconos:
Nuestro Caballo mayor Johnny Ventura, alma del merengue;
Anthony Ríos, trovador de los sentimientos dominicanos;
Yoskar Sarante, símbolo de la bachata y de la autenticidad artística.
Todos homenajeados… pero después.
Peña Gómez, símbolo de justicia popular
En la política, el caso más emblemático lo representa el doctor José Francisco Peña Gómez, el más grande
líder de masas que ha tenido la República Dominicana, cuya voz fue eco del pueblo olvidado y cuya vida
fue una batalla por la justicia, la inclusión y la democracia. Pocas veces ha parido la historia dominicana una
figura de su dimensión emocional, intelectual y popular.
¡Y cuánto nos quedó debiendo el país en vida para con él!
Del mismo modo, el profesor Juan Bosch, forjador del pensamiento político moderno dominicano, merece
siempre mención en este debate. Y no podemos dejar fuera al doctor Joaquín Balaguer, figura que debe ser
comprendida con sus luces y sus sombras, por su impronta literaria, su dominio del Estado y su innegable
influencia en más de medio siglo de historia nacional.
Y en el presente, el presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, quien ha liderado el país en tiempos de
desafíos sanitarios, económicos y globales, merece también ser evaluado con objetividad y respeto. Su
gestión representa una apuesta por la institucionalidad democrática y el equilibrio económico.
Reconocer a los vivos con méritos actuales también es una responsabilidad nacional.
El poeta argentino Olegario Víctor Andrade, en su obra Atlántida, nos dejó esta frase demoledora:
“¡Oh, América infeliz, que solo sabes de tus grandes vivos, cuando ya son tus grandes muertos!”
Y cuánta verdad hay en esa sentencia, aún vigente entre nosotros como herida abierta.
Honrar en vida es construir una nación digna
Nuestra música tiene ídolos vivos que aún recorren los caminos del arte con excelencia:
Fernando Villalona, Sergio Vargas, Héctor Acosta (El Torito), El Jeffrey, José Virgilio Peña Suazo…
¿Cuántos homenajes les hemos rendido en vida, de manera institucional, sostenida, sentida y nacional?
Hagámoslo ahora. No después.
En el mundo empresarial, hay nombres que son columnas del desarrollo nacional:
José Luis Corripio Estrada (Pepín Corripio), referente en educación, cultura y empleo.
Frank Rainieri, pionero del turismo sostenible en el Este.
Pedro Brache, líder empresarial de visión y compromiso social.
En el deporte, brillan figuras como Pedro Martínez, gloria del béisbol mundial y embajador de la
dominicanidad, y Félix Sánchez, orgullo olímpico y símbolo de perseverancia.
En la medicina, el doctor José Joaquín Puello Herrera sigue siendo sinónimo de ética, ciencia y entrega al
país. ¿Cuántos países pueden presumir de tener sabios vivos como él y no los glorifican a tiempo?
Otros nombres que merecen exaltación en vida:
- Cecilia García, dama de las artes escénicas.
- Fefita La Grande, reina viva de la música típica.
- Julio Sabala, humor universal y embajador cultural.
- Margarita Cedeño, figura política y académica de impacto social.
No más coronas póstumas… flores ahora, abrazos hoy
Reconocer en vida no es un acto simbólico, es un acto de justicia.
El silencio institucional, el olvido voluntario y la frialdad social deben romperse con actos concretos.
No podemos esperar que el tiempo y la muerte nos sigan robando la oportunidad de decir:
“Gracias por lo que hiciste. Gracias por ser quien eres. Gracias por hacernos sentir orgullo.”
Porque vale más un solo aplauso vivo que mil homenajes bajo mármol.
Vale más una calle, una medalla, una placa o una palabra sincera a tiempo, que todas las lágrimas que la
historia no escuchará.
Invitamos a los comunitarios, empresarios, campesinos, agricultores, jóvenes, comunicadores, instituciones
públicas y privadas, escuelas, ministerios, universidades, y al pueblo en su conjunto a hacer causa común:
¡Reconozcamos en vida!
No por moda.
No por redes.
Por conciencia. Por gratitud. Por país.
Rafael A. Sánchez C.
El autor es Ingeniero, Locutor, Comunicador y Magíster
DIOS ES BUENAZO…!!!